A 101 años del natalicio de Paulo Freire: Las iglesias y su praxis liberadora.

A propósito de los 101 años del nacimiento de Paulo Freire-celebrados el pasado 19 de septiembre- consideramos importante retomar sus aportes, desde el cristianismo y la pedagogía, a la liberación de los hombres y las mujeres de nuestra América. Pedagogía y religión, más que aspectos ligados a la trascendencia y a las ideas, están íntimamente arraigados a la materialidad y no dignifican, ni construyen la persona humana, si no parten de la realidad ni se desarrollan desde la praxis:

“No podemos hablar de las iglesias ni de la educación, ni del papel a desempeñar por aquellas con relación a ésta más que desde una perspectiva histórica. Efectivamente, las iglesias no son entes abstractos, sino instituciones insertas en la historia y solamente dentro de la historia es posible una educación. Por este motivo, la tarea educativa de las iglesias no puede comprenderse al margen del condicionamiento de la realidad concreta en que se hallan insertas.” (p. 13)

En memoria de Paulo Freire y su legado, presentamos una pequeña reseña sobre lo que, de acuerdo al pensador latinoamericano, debe ser el papel de las iglesias dentro de una pedagogía liberadora. Ha de recordarse, antes de iniciar, que ninguna iglesia ni ningún modelo pedagógico puede declarase neutrales. Por un lado, tanto educación como religión han sido instrumentos del poder hegemónico históricamente, es decir, la religión y la educación tienen un papel ideológico por medio del cual los oprimidos interiorizan la identidad del opresor. Por otro lado, situarse en el mundo desde la perspectiva ética del evangelio, implica, ineludiblemente, optar por la liberación de los oprimidos, de los débiles, optar por los empobrecidos.

  1. Iglesia, “refugio de las masas”.

Un ejemplo de lo mencionado anteriormente son las iglesias tradicionalistas. De acuerdo a Freire, dichas iglesias aún cumplen un papel colonialista que sostienen igualmente estructuras de opresión. El discurso de las iglesias tradicionalistas gira en torno a la salvación de las almas y el rechazo del mundo; en este sentido, la vida por la tierra no es más que una forma de purificación que tendrá más mérito en cuanto más grandes sean los sufrimientos. Tal concepción religiosa implica aceptar las estructuras sociales causantes del sufrimiento de los pueblos, rechazar al mundo (como herencia del tradicional dualismo platónico), pero no a los sistemas sociales opresores. Las masas no tienen otra opción que refugiarse en dichas iglesias, con la esperanza de ser recompensadas en una vida más allá, después de la muerte. Por tanto, el trabajo humano es castigo, más que capacidad de transformación y recreación de la realidad. El papel de las iglesias tradicionalistas es el de ser las aliadas de las clases dominantes, para quienes conviene un mundo oprimido y sufriente a cambio de sus privilegios.

  • La iglesia “modernizada”.

La transición hacia una sociedad “desarrollada”, implica para los países del sur entrar en la dinámica imperialista que reconfigura las relaciones de poder al interior, aunque no abole el sistema de clases. La dinámica del imperialismo usa la ‘ideología del desarrollo’ que aparentemente asume una posición ‘ética’ del capitalismo para mejorar las condiciones de vida de las personas, sobre todo, del llamado tercer mundo. El imperialismo se vale de las élites burguesas nacionales como medio de opresión de la clase oprimida. La burguesía funge, entonces, como una filial extranjera, que privatiza los derechos y los bienes públicos de la mano del Estado social de derecho, es decir, por la vía legal reformista facilita la explotación laboral y de los recursos de los países ‘en vía de desarrollo’. Las iglesias modernizadas, cómplices de dicho sistema de opresión, predican la liberación individual y de las conciencias, de la mano de la libertad de mercado implantada por la modernidad. En ese sentido, la salvación y la liberación son actos que se desprenden del arduo trabajo individual y perpetúan la falsa creencia de que el pobre es pobre porque quiere y porque es perezoso. En medio de este sistema desarrollista, las iglesias no se quedan atrás y burocratizan la pastoral como si de una empresa se tratara; así, los laicos pierden su participación dentro de la comunidad de creyentes, en una iglesia asistencialista y despersonalizada. Las iglesias modernizadas quieren conservar su privilegios: “La iglesia modernizante le diría de nuevo hoy a Cristo: ‘¡Para qué partir, maestro, si se está aquí tan a gusto?’.” (p.41)

  • La iglesia profética.

Ante los conflictos sociales la iglesia tradicional es refugio de las masas con su discurso resignado, tal ética del sufrimiento y del sacrificio. La iglesia modernista, de forma similar, propone y avala una vía reformista y asistencialista que no elimina el conflicto, pero trata de encubrirlo con paliativos. Por su parte, la iglesia profética, desde una visión crítica, comprende que existen contradicciones reales que son irreconciliables y exigen la denuncia de la realidad opresora y sus estructuras, al tiempo que anuncia un nuevo mundo posible que sólo puede alcanzarse a partir de la transformación estructural y revolucionaria. De la misma forma que en la pedagogía del oprimido, la liberación sólo puede surgir desde los oprimidos. Para las iglesias proféticas, la salvación, el cambio de estructuras dominantes, sólo puede darse desde el pueblo, desde la praxis de las clases dominadas: “nadie se salva solo, nadie salva a nadie, todos nos salvamos en comunidad”. El profetismo no es nuevo en el cristianismo, es, de hecho, su esencia, antigua pero aún por estrenar.

REFERENCIAS

Freire P., Eduardo I. Bodipo-Malumba etc. (1974). Educación, liberación e iglesia. Ediciones sígueme, Salamanca.

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